A fines de los Treinta del siglo pasado, a los 55 años, Egon Erwin Kisch visitó la Laguna. Su actividad de reportero le permitió plasmar en sendos reportajes sus impresiones sobre la vida económica y sociocultural de nuestra Comarca.

En aquellos tiempos, nuestra región mostraba en todos los campos un gran dinamismo, propio de una región en los albores del desarrollo económico, resultado sobre todo de su ubicación geográfica, sus comunicaciones –principalmente los ferrocarriles-, y su privilegiada característica físico geográfica de poseer un gran río -el Nazas-, que mediante ciclos de inundaciones continuas, fertilizaba sus áridas tierras y las transformaba en tierras aptas para el cultivo de diversas plantas, entre ellas el famoso “oro blanco” del algodón, el cual poseía una gran demanda en el mercado internacional.

Egon Erwin Kisch fue un periodista infatigable. Viajero obsesivo y militante antifascista que lo mismo participó en la guerra civil española que en Alemania contra el nazismo; en Australia y en otras naciones del mundo. Siempre observando, penetrando en las culturas y costumbres de los habitantes de cada país que tuvo la fortuna de recorrer de palmo a palmo, como fue el caso de México, cuyos crónicas, bosquejos y ensayos fueron compilados en un doble volumen en 1988, titulado “Descubrimientos de México”, con la excelente traducción de Wenceslao Roces y prologado por Elizabeth Siefer, profesora en letras alemanas de la UNAM. Siefer también realizó la traducción de algunos capítulos añadidos en esta edición.

En uno de los capítulos que conforman el libro de Egon Kisch al que tituló “Bosquejo económico sobre Torreón” y que usted puede conseguirlo más fácilmente en nuestra región gracias a la incorporación del mismo en la compilación de Carlos Castañón -a sugerencia de un servidor-, en su texto “Extrañas Latitudes” editado por el municipio de Torreón, en el cual Kisch nos habla de ascenso paulatino a la modernidad capitalista del antiguo Torreón, que poco a poco se va metamorfoseando de un rancho a villa, y de ahí da el salto a la categoría de ciudad prospera, cosmopolita y poliglota, donde coexistían alemanes, italianos, chinos, norteamericanos, entre otros inmigrantes, con los habitantes nativos y migrantes de otras regiones de México principalmente de Durango y Zacatecas.

Egon Kisch nos dice: “El nombre de la Laguna parece indicar la existencia de agua bundante. Nada de eso. Son tierras áridas y secas, en las que solo abunda el agua una vez al año, cuando el rio Nazas se desborda y lo inunda todo (…) Después, el rio vuelve a su cauce como si no hubiera pasado nada. Deja las tierras inundadas cubiertas de limo y sobre ellas crece el algodón, regado por el sudor de la frente de 1000 000 laguneros”

Es asombrosa la manera en que Egon Kisch nos ilustra sobre la vida cosmopolita de la naciente ciudad de Torreón a principios del Siglo XX, Kisch nos dice: “En el centro de Torreón se oye hablar casi tanto inglés como español. Con la dinamita francesa vinieron a Torreón – ¡cosa curiosa! – una serie de extranjeros, italianos en su mayoría, pues la Societé Centrale de Dinamite tenía una planta filial en Avigliana, cerca de Turín, donde la mano de obra salía más barata. Muchos de los franceses regresaron a su país, pero los italianos se quedaron en Torreón. Se dedicaron desde el primer momento a la cría del gusano de seda, y cultivaban y cosechaban su vino. Más tarde, se dedicaron fundamentalmente a la vitivinicultura y a la transformación del aceite del algodón en aceite de oliva. Los chinos de Torreón forman una colonia aparte, que tiene en sus manos las tiendas de comestibles. En 1911 estallo en Torreón una matanza de chinos, en la que perecieron 300 hombres amarillos. En la industria textil marchan a la cabeza los franceses. En Torreón se instalaron a vivir provisionalmente representantes de todas las naciones, que luego establecieron su residencia permanente en estas tierras mexicanas”.

En otro de sus reportajes sobre la Laguna, al que Egon Kisch tituló “Reparto de tierras algodoneras” nos presenta las paradojas del Reparto Agrario Cardenista, las grandes huelgas campesinas, el reparto, las colectivas ejidales, las ilusiones, esperanzas y frustraciones de los ejidatarios. Avances y limitaciones, desarrollo económico, bienestar social y marginación, todo reunido en un coro de voces campesinas que Kisch supo reunir en su relato. Kisch nos dice: “Para México, la Comarca Lagunera, situada en el norte del país (…) no es un hervidero de amenazadores signos de interrogación y de angustiosos signos de admiración, como lo era para para ciertos periódicos de Europa por aquellos días. La Comarca Lagunera era, en México, la pesadilla de los ricos y el rayo de esperanza de los pobres. Y esta esperanza no era del todo infundada. El reparto de las tierras algodoneras de La Laguna fue seguido por la entrega a los campesinos de los latifundios henequeneros de Yucatán, por la colectivización del territorio de los indios yaquis, por la asignación de tierras a los peones y, finalmente, por la nacionalización de la riqueza petrolera”

El poeta chileno Pablo Neruda, amigo de Kisch en su libro autobiográfico “Confieso que he vivido” le dedica un apartado a Kisch donde nos presenta bellamente una estampa de este gran escritor Checo, que anduvo por estas tierras polvorientas, que tan bien supo querer, desentrañar y describir nuestra región con una buena dosis de sabiduría no exenta de un fino humor irónico.

El fragmento de Neruda sobre Kisch con el que finalizamos estas líneas nos dice: “La sal del mundo se había reunido en México. Escritores exiliados de todos los países habían acampado bajo la libertad mexicana, en tanto la guerra se prolongaba en Europa, con victoria tras victoria de las fuerzas de Hitler que ya habían ocupado Francia e Italia. Allí estaban Anna Seghers y el hoy desaparecido humorista checo Egon Erwin Kisch, entre otros. Este Kisch dejó algunos libros fascinantes y yo admiraba mucho su gran ingenio, su infantil entremetimiento y sus conocimientos de prestidigitación. Apenas entraba a mi casa se sacaba un huevo de una oreja, o se iba tragando por cuotas hasta siete monedas que bastante falta le hacían al pobre gran escritor desterrado. Ya nos habíamos conocido en España y como él manifestaba la insistente curiosidad de saber por qué motivo me llamaba yo Neruda sin haber nacido con ese apellido, yo le decía en broma:
—Gran Kisch, tú fuiste el descubridor del misterio del coronel Redl —famoso caso de espionaje acaecido en Austria en 1914—, pero nunca aclararás el misterio de mi nombre Neruda.
Y así fue. Moriría en Praga, en medio de todos los honores que alcanzó a darle su patria liberada, pero nunca lograría investigar aquel intruso profesional por qué Neruda se llamaba Neruda.
La respuesta era demasiado simple y tan falta de maravilla que me la callaba cuidadosamente. Cuando yo tenía 14 años de edad, mi padre perseguía denodadamente mi actividad literaria. No estaba de acuerdo con tener un hijo poeta. Para encubrir la publicación de mis primeros versos me busqué un apellido que lo despistara totalmente. Encontré en una revista ese nombre checo, sin saber siquiera que se trataba de un gran escritor, venerado por todo un pueblo, autor de muy hermosas baladas y romances y con monumento erigido en el barrio Mala Strana de Praga. Apenas llegado a Checoeslovaquia, muchos años después, puse una flor a los pies de su estatua barbuda”.

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