La eterna discusión sobre la existencia del bien y el mal ha persistido a través de los siglos; preguntarnos si existe el mal, dudándolo, es tanto como no tener la seguridad de que existe el bien. 
Algunos pensadores, ahora afirman que no existen malas o buenas acciones, solo experiencias que alimentan al ser humano. ¿Será?

Por otra parte, habrá que analizar si es verdad que tendemos al mal, considerando la necesidad de cubrir los requerimientos básicos para subsistir y posteriormente los superficiales para disfrutar, impulsos instintivos y naturales; luego, pensar que la tendencia a lo fácil nos lleva a evadir dificultades, de lo correcto a lo permisivo y hasta delinquir;”hacer lo malo es más redituable que hacer el bien”.

¿Existe el mal o es invento de los religiosos para tratar de controlar nuestras vidas?

En este mundo postmoderno, cada vez se presiente más difícil aplicar tiempo en pensar sobre nosotros y el destino final.
Trabajar, correr, comprar y en lo posible disfrutar, es la tónica de vida de la mayor parte de nosotros, porque ¡que caray¡, nos lo merecemos, luego de tanto trabajo y esfuerzo.
Sin embargo, persiste la pregunta sin respuesta: ¿existe el mal o es invento de los religiosos para tratar de controlar nuestras vidas?.
Siguiendo el pensamiento lógico, entenderemos que: si existe el bien, debe existir el mal; aceptando esta afirmación, luego tendremos que dilucidar si ese bien y ese mal tienen algún principio de orden o mando.

Esta es la ruta de pensamiento que nos dirige a buscar la presencia de un ente creador y otro destructor; la posibilidad de que exista un Dios plenipotenciario, impulsor de la vida y algún representante de mal y la muerte espiritual.
El tema ha sido retomado con especial interés durante la recién pasada semana mayor por Benedicto XVI: “Si Dios y los valores, la diferencia entre el bien y el mal, permanecen en la oscuridad, entonces todas las otras iluminaciones que nos dan un poder tan increíble no son sólo progreso, sino que son también amenazas que nos ponen en peligro, a nosotros y al mundo”
Quizá hablaba del confort y los beneficios alcanzados con la ciencia, que han rebasado al hombre en su capacidad de reflexionar y aplicar sabiamente los conceptos humanistas para el aprovechamiento de sus inventos. 

Más adelante, nos dio una pista firme: “hoy podemos iluminar nuestras ciudades de manera tan deslumbrante que ya no pueden verse las estrellas del cielo y que ello es la imagen del ser ilustrado, que en las cosas materiales lo sabe todo, pero lo que va más allá, es decir Dios, no es capaz de identificarlo”. Luego hizo el cuestionamiento: “a dónde va nuestra propia vida y qué es el bien y qué es el mal”. 
Buscando por ahí, encontré una cita del propio Joseph Ratzinger, siendo aún cardenal: “digan lo que digan algunos teólogos superficiales, el Diablo, para la fe cristiana, es una presencia misteriosa pero real, no meramente simbólica sino real. Y es una realidad poderosa, una maléfica libertad sobrehumana opuesta a la de Dios; así nos lo muestra una lectura realista de la historia, en su abismo de atrocidades continuamente renovadas y que no pueden explicarse meramente con el comportamiento humano”.

Desde luego que si usted no es creyente, respeto y acepto su postura.
Recuerde que la fe no es demostrable por medio de la ciencia, así que centremos en esos términos la orientación del comentario del líder de los católicos.
Hace años, un gran lagunero, Don Emilio Herrera, decía: “nos hemos olvidado de mirar las estrellas del cielo” … y tenía razón. Permítame preguntarle: ¿Hace cuanto tiempo no vuelve la vista al cielo para ver las estrellas?

Tal vez esa es una muestra del avance del mal sobre el bien; la insistencia de que busquemos lo material y descuidemos lo espiritual.

Le ofrezco algunos ejemplos: hoy día, soñamos con una pantalla plana de alta tecnología; deseamos el mejor teléfono y la computadora personal ya no nos es suficiente; aspiramos a viajar y admiramos el concepto de belleza que nos imponen otros, extraños, a través de los medios de comunicación. Lo peor: cuestionamos nuestras formas de vivir en familia, los usos y costumbres sociales y hasta la validez de nuestros principios éticos y morales; en general, casi nunca volvemos la vista al cielo para mirar las estrellas, ni pensamos en disfrutar de una comida campirana o simplemente convivir en familia, disfrutando la presencia de todos, sin darnos cuenta que eso no cuesta tanto en dinero y tampoco favorece el consumo.
Le aseguro que estamos siendo manipulados.

Aunque no es verdad que el mundo se acaba en diciembre, como pregonan algunos charlatanes, sí es tiempo de pensar en un verdadero cambio de actitud, por nuestra conveniencia, porque el tiempo de hacerlo es ahora, sin necesidad de amenazas, o ¿qué piensa?.