"Perdí una vida de oportunidades de poder abrazarla, comer a su lado, dormir a su costado, hacer caso a sus historias que siempre me contaba y que había llegado el tiempo que fingía escucharla, hasta que se daba cuenta y mejor callaba, de dejarle llorar a sus muertos…me faltó amar sus virtudes y me faltó tiempo para amar sus defectos".

Recuerdo haber estado junto a su caja fúnebre parte de la tarde, casi toda la noche y el resto de la mañana antes de partir al sepelio. Era inevitable dejar de ver su rostro tan plácido, con una leve sonrisa y sus manos blancas e inmóviles. Puedo jurar que había momentos en que veía como su pecho respiraba y pensaba que en cualquier momento ella abriría los ojos y me pediría que la sacara de esa caja gris envuelta por flores que siempre odió, ya que siempre decía que ya muerta nunca las vería.

En los últimos años, la atadura de mi madre hacia mí, a parte del cariño callado, eran sus manos. Ellas nos hacían convivir y pasar unas cuanta horas juntas en su cama , pues los masajes que me daba calmaban en gran manera el dolor en mi espolón y alimentaban la chipilés que a mis años es pérdida de tiempo; a ella le hacía sentir de alguna manera útil.

No me cabe duda alguna, que cuando quedas huérfana…quedas huérfana de todo y es cuando los recuerdos hacen que la persona amada que se fue, hiciese como si por primera vez entrara por la puerta de nuestra vida. Siempre recuerdo a mi Má, más que nunca de los más.
Creo que el presentimiento la mantenía alerta. La llamada insistente a su natal San Luis Potosí y poder escuchar a sus hermanas como cada domingo, la dejó dormir por última vez en su cama. A mi madre le llegó el dolor al día siguiente; un dolor apretujado (como ella decía) y corrimos al hospital.

A las tres cuarenta de la madrugada, mi madre despertó para decirme que extrañaba mis “patotas”, y que tenía mucha hambre y sed. Siempre con el ánimo y las ganas de aliviarse pronto y poder regresar a casa. Le dije que al día siguiente nos desquitaríamos con unos ricos nopalitos…
Ahora, la casa vive sin su aroma, sin su andar memorizado. Las mañanas son vacías mientras su espacio en que ejercitaba se volvió recuerdo.
Han pasado casi cuatro meses desde que la vi respirar por última vez, desde que, con su mano me confortara ella a mí.

Perdí una vida de oportunidades de poder abrazarla, comer a su lado, dormir a su costado, hacer caso a sus historias que siempre me contaba y que había llegado el tiempo que fingía escucharla, hasta que se daba cuenta y mejor callaba, de dejarle llorar a sus muertos…me faltó amar sus virtudes y me faltó tiempo para amar sus defectos.
Es un vacío difícil de llenar. Las madres siempre dicen la verdad.

Ahora, cada domingo voy a visitarla a su nueva casa, ahí donde está escrito su nombre y sé que en el fondo húmedo está el cuerpo que habitó. Cada domingo sin falta, me presento con la mirada baja, con una lista de grabación con las canciones que siempre me pedía escuchar mientras limpiaba la cocina (y rara vez la complací)…

Me quedo las horas del amanecer de los domingos parada al lado de su tumba, a veces sin pensar, otras veces encuentro la manera de pedir perdón.

Me han dicho que si le lloras tanto al ser perdido, éste nunca se ira…tal vez por eso lloro todos los días, tal vez por eso la imagino andar por la casa, tal vez por eso aún sus cosas y su ropa permanecen en el closet. Un tanto egoísta de mi parte, pero sé que ella me escucha y observa, y sé que me comprende. Sabe que la amé a mi manera y sé que ella me amó a la suya.

Cuando mi llanto sea no por culpa, ese día liberaré mis miedos y sentiré la libertad de poder derramar un llanto de nostalgia, quizás el último que pudiera hacer en muchos años.
Las madres siempre tienen la razón.
Ama a tu madre sin medida, cólmala de besos y compañía.
Y no permitas que en un futuro, cuando seas huérfano, tus visitas al lugar sagrado se manchen de lágrimas de remordimiento.