"Guerra de cerebros, de neuronas fortificadas por el ejercicio del pensamiento creativo, de la estrategia y táctica, del arte de saber perder y ganar, de reconocer las limitaciones, los niveles, el aprendizaje, la experiencia, el reconocimiento del otro, del rival temporal, del amigo enfrentado, sin rencor ni violencia, en torno del tablero y de sus piezas"

«Ajedrez misterioso la poesía, cuyo tablero y cuyas
piezas cambian como en un sueño y sobre el cual
me inclinaré después de haber muerto»
Jorge Luis Borges

El juego ciencia

En mis años mozos fui un jugador de ajedrez empedernido; participe en cuanto torneo ajedrecístico apareciera en mi camino; ayude a organizar otros tantos, y fui lector voraz de libros relacionados con esta… ¿disciplina, arte, técnica, deporte, ciencia, juego?

Stefan Zweig en su relato El jugador de ajedrez lo define de esta forma: “Es un pensamiento que no conduce a ninguna parte, una matemática que no establece nada, un arte que no deja tras sí obra alguna, una arquitectura sin materia; y a pesar de ello el ajedrez ha demostrado ser más duradero, a su manera, que los libros o cualquier otra clase de monumento. Este juego único pertenece a todos los pueblos y a todas las épocas, y nadie puede saber de él, qué divinidad la regaló a la tierra para matar el tedio, aguzar el espíritu y estimular el alma.”

El ajedrez es un juego realmente muy adictivo, una especie de enfermedad que puede llegar a ser muy contagiosa; en mi paso por la universidad los fans del ajedrez se multiplicaban por contagio fraterno, bastaba un tablero en las aulas y las partidas de ajedrez se prolongaban interminablemente.

El ajedrez como centro de reunión, de camaradería, o en términos de Miguel de Unamuno: “No; no es esa sociedad la que debemos promover, sino otra más íntima, más espiritual, más comunicativa. Es comunión, comunión de ideas y sentimientos, no sociabilidad lo que nos hace falta. Un club ajedrecista es lo más opuesto a una iglesia cualquiera, a un centro de comunión espiritual. El ajedrez puede llegar a ser uno de los medios de juntarse las personas sin comprometer, en esta junta, sus almas.” (Contra esto y aquello.- M. de Unamuno, citado por: Julio Ganzo, Historia general del ajedrez, pág. 8, edit. Ricardo Aguilera, Madrid, 1973)

Felices días en que los clubes y torneos eran cotidianos, el milagro de la unidad y solidaridad florecía en torno a este misterioso juego, cuyas intrincadas e infinitas variaciones en los movimientos de las piezas hacían impredecibles los resultados finales, el jaque mate, la caída del rey como meta estratégica, toda una guerra en pequeña escala. Por eso el poeta Goethe decía en voz de uno de sus protagonistas en su obra Goetz von Berlichingen: “El ajedrez es una piedra de toque para la inteligencia” (Julio Ganzo, Historia general del ajedrez,… pág. 5).

Guerra de cerebros, de neuronas fortificadas por el ejercicio del pensamiento creativo, de la estrategia y táctica, del arte de saber perder y ganar, de reconocer las limitaciones, los niveles, el aprendizaje, la experiencia, el reconocimiento del otro, del rival temporal, del amigo enfrentado, sin rencor ni violencia, en torno del tablero y de sus piezas.

El gran Jorge Luis Borges bien decía en su poema El ajedrez: “Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada/ reina, torre directa y peón ladino/ sobre lo negro y blanco del camino/ buscan y libran su batalla armada. / No saben que la mano señalada/ del jugador gobierna su destino, / no saben que un rigor adamantino/ sujeta su albedrío y su jornada”.

Los orígenes

Las evidencias empíricas nos indican que este juego surgió en Asia. Los orígenes rastreables del ajedrez se ubican en la India en el siglo VI, bajo el nombre de Chaturanga o juego del ejército, que significa “cuatro” (chatur) y “miembros” (anga), como referencia a las antiguas cuatro unidades del ejército indio: los “elefantes”, la “caballería”, los “carros” y los “soldados a pie”, es decir, los alfiles, los caballos, los torres y los peones del ajedrez moderno. O tal vez nació en China, o en Persia. Lo cierto es, como nos dice Borges: ““En el oriente se encendió esta guerra/ cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra. / Como el otro este juego es infinito”.

Posteriormente se difundió en otras regiones siguiendo el camino de las antiguas rutas comerciales, entre ellas a Persia y al Imperio Bizantino, y poco a poco, gracias a su popularidad, ámbito de influencia y de interés, se fue diseminando por toda Asia. A Europa el ajedrez llego entre los años 700 y 900, a partir de la conquista de España por el Islam. También se sabe que los Vikingos lo practicaban, ya que se encontraron vestigios del juego en sepulturas en la costa sur de Bretaña.

En el medioevo, España e Italia fueron las naciones donde se practicaba con mayor frecuencia este juego, siguiendo las reglas árabes, las cuales fueron traducidas y adaptadas por Alfonso X, el Sabio. En España, así como en otros países del occidente medieval cristiano, el ajedrez era una de las disciplinas que tenía que dominar y cultivar los futuros caballeros, además de los deportes ecuestres, la caza y la buena lectura, empezando con las sagradas escrituras.

El ajedrez moderno puede ser ubicado en el siglo XV, ya que en este siglo aparecen ya definidas las piezas y el tablero como las conocemos actualmente: torre, alfil, caballo, dama, rey, y peones. Es decir que, bajo el dominio cristiano los nombres y las formas de las piezas del ajedrez se transformaron; así el Raja se convirtió en Rey, Mantri en Dama, Gaja en Alfil (Obispo), Ashva en Caballo, Ratha en Torre, y Padati en Peón.

El español Ruy López de Segura en 1561 describió las reglas del juego que actualmente se usan. Mientras que Francois Philidor escribió el primer reglamento impreso, que llevaba el título de Analyse du jue des echecs en 1749, el cual fue traducido en muchos países, lo que permitió la difusión y práctica más amplia del ajedrez. Con el paso del tiempo, en el siglo XVIII y XIX, el ajedrez se populariza y deja de ser exclusivo de la aristocracia y la nobleza, pasa ahora a ser un juego extendido a las universidades y a los cafés. Los torneos se multiplican, así como el florecimiento de las diversas corrientes ajedrecísticas creadas por los expertos de este juego misterioso y complejo. De ahí que el gran T. Petrosian afirmaba que: “Gracias al ajedrez muchos hemos conocido la alegría de la creación”.