Era el rocío colgado de la punta de aquellas pestañas.
Era el humo del café, su vaho acariciando la piel serena y lejana.
Era el viento, su mirada que besaba.
Era la primera luz en el alféizar que dibujaba la silueta desde las caderas hasta el meñique derecho.
Era el resplandor, el libro de Borges suelto en aquel pecho suave que palpitaba.
Él avanzó.
Ella bajó la persiana