A mi hermana Yolanda, Guerrera de Dios

Mientras te culturizas, mientras cumples con tu mandato que te concedió el pueblo, mientras eso pasa, afuera la mayoría se muere de hambre.
Somos una raza en el cosmos de la epifanía del monopolio y la idolatría del yo; queremos tener todas las ratas en nuestra jaula, todas las ideas en nuestra tatema, toda la gente obedeciendo al sonar de nuestros dedos. Somos los que todos los días aspiran seguir siendo los servidos y atendidos pero no los servidores; no conocemos las palabras “gracias” o “por favor”, sólo amenazamos con nuestro mazo, con el gis o con la ley de metralla; nos es irrelevante ver laderas remojadas con lágrimas ajenas, en cuanto el problema no nos invada, todo está bien.

Nos hemos vuelto uno o a veces ninguno entre tanta tierra ocupada, somos un gran problema ante los más, nuestra obstrucción ideológica, de convivencia y justicia han mermado la salud de este hábitat construido, el murmullo descuartizado de nuestra garganta no abona en nada, somos pasos que no llevan a ningún lado, ejemplos que se distorsionan con su acción, macabra señal y angustia que avisa que ya murió un “tal por cual”, ceremonia clandestina que celebra entre confite y espantasuegras la dictadura que abre paso a la Independencia de medias tintas.

Vitorean los muchos guerras particulares, aplaudimos el chantaje, refrendamos la mentira, son un pueblo que la catarata de la dominación ya le encarnó el iris, no aguantamos vernos al espejo, porque quizá nos podemos quedar petrificados ante tanta mitología injusta.

Y así gritan los dominados una y otra vez, marchan, escriben entre mantas y cartulinas y qué pasa; no pasa nada, son un pueblo que como lo definió Fuentes: “…no tiene memoria, sólo guarda recuerdos”.

Brindemos hoy, un día antes de la elección y siempre ante los ojos de los descobijados, ¡fanfarrias señores esta noche brindemos por su majestad: el hombre!