Estudios han demostrado que gran cantidad de animales irracionales tiene un instinto natural por el altruismo biológico, esto es, de ponerse en riesgo e incluso poner en riesgo la vida propia en favor de la preservación de la vida de un ser de la misma especie y principalmente muy cercano a éste, o sea, de la misma familia o linaje.

La palabra altruismo, de acuerdo a la Real Academia Española, proviene de la lengua francesa y del vocablo “altruisme”, que quiere decir “diligencia en procurar el bien ajeno aún a costa del propio”.
Hoy día vemos en medios de comunicación diversos las secciones de “sociales”, en donde podemos identificar a gran variedad de personas cuyo fin es precisamente salir en esas páginas de los medios impresos o en las portadas de las revistas de moda, haciendo supuesta gala de su altruismo. Sin embargo, ¿realmente estos supuestos altruistas se preocupan desinteresadamente por el bien de otros de sus congéneres aún y a costa del bien propio?.

Ciertamente y excepcionalmente habrá personas que obran desinteresadamente por otras, incluso por otros seres y especies como los animales o las plantas. Esas personas que dedican su vida a la preservación de la existencia de otras especies, rara vez salen en medios de comunicación derrochando soberbiamente su generosidad. Por otra parte, los ambientalistas también viven prácticamente en el anonimato, porque les importa mucho más la pelea contra la depredación de la maturaleza que lucirse ante las cámaras de fotografía y video.

Se dice que la palabra “altruisme” fue acuñada por el filósofo francés Auguste Comte, quien la consideraba como parte de una filosofía ética de los actos que toda persona moralmente recta debía acatar tratando de buscar la felicidad universal o de todos y tratando de abatir la infelicidad de los demás. Investigaciones revelan que el ser humano es altruista pro naturaleza, esto es, que es capaz de sacrificar su propio bien para buscar el bien de los demás, incluso aplicando esta premisa al extremo de perder la propia vida para salvar la de otros. Sin embargo, corrientes contrarias a la anterior sostienen que para que un ser humano sea altruista, éste debe ser educado con conocimientos suficientes para racionalizar su conducta en favor de otros e incluso en detrimento de aquel.

La teoría del altruismo etológico o darwiniano afirma que la capacidad de hacer el bien para los demás aún en detrimento del bien propio tiene sus bases en la necesidad de preservación de la propia especie. Estudios han demostrado que gran cantidad de animales irracionales tiene un instinto natural por el altruismo biológico, esto es, de ponerse en riesgo e incluso poner en riesgo la vida propia en favor de la preservación de la vida de un ser de la misma especie y principalmente muy cercano a éste, o sea, de la misma familia o linaje.
Cuántas veces hemos visto escenas en las que, principalmente la madre, pone en riesgo su integridad y su propia vida en aras de proteger la de sus descendientes o congéneres cercanos.

El altruismo no etológico, esto es, no el naturalmente conductual sino el socialmente aceptado es aquel en el que se finge la propensión al bienestar ajeno, no precisamente aún y en contra del bienestar propio. Esto es, hoy día existen múltiples grupos, asociaciones y sociedades civiles, no gubernamentales y apolíticas que supuestamente buscan el altruismo; cuando en realidad buscan todo lo contrario, eso es, buscan el máximo provecho personal del mínimo altruismo social posible.

Aristóteles afirmaba que el ser humano es “zoon politikón”, o sea, un animal social; un animal político que tiene la necesidad de vivir en sociedad. Y ciertamente, el ser humano inicialmente se asocia con otros para lograr su subsistencia; ya sea protegiéndose del peligro la propia naturaleza y sus fenómenos naturales como la lluvia, o de los peligros de las bestias que viven en un ambiente natural en el que el ser humano es ajeno. Satisfechas las necesidades básicas de la subsistencia contra los peligros de la naturaleza, el ser humano se asocia para satisfacer otras de las necesidades básicas para subsistir, esto es, la alimentación. La caza, el cultivo, la siembra, la pesca y la crianza de animales para consumo humano fueron actividades que tenían que ser desarrolladas en grupo, en sociedad o asociación de otros seres humanos.

El comportamiento humano se rige por la conveniencia de sobrevivir y desarrollarse; pero para ello tiene que socializar, esto es, agruparse para la autoprotección, supervivencia y desarrollo. Lo mismo pasa con el supuesto altruismo moderno, en que un grupo de personas, primordialmente con una solvencia económica más que satisfactoria se fijan el objetivo de contribuir al bienestar de otros, principalmente desfavorecidos, no sin dejar de la lado la satisfacción que causa salir en las portadas de revistas o en las páginas de sociales orgullosas de haber contribuido a la felicidad y bienestar de otros menos favorecidos; sin embargo, esto es un falso altruismo que muy por el contrario de lo que afirmaba Auguste Comte, reafirma el egoísmo del ser humano tras la fachada de altruismo.

El altruismo fue la génesis de lo que hoy conocemos como seguridad social, tiempo atrás, los miembros de las clases más favorecidas se congregaban para dar un poco de lo que a ellos les sobraba; sin embargo, el altruismo al ser voluntario no obliga y queda al libre deseo de altruistas el beneficio para los desfavorecidos, quienes en última instancia están en la indefensión e incertidumbre. Con el tiempo y sobre bases se creó un sistema solidario de ayuda mutua y social, conocida posteriormente como seguridad social; que hasta el siglo pasado era una responsabilidad asumida totalmente por el Estado; sin embargo, las políticas neoliberales han revertido muchos de los derechos sociales ganados en las revoluciones populares y ahora estamos regresando también a un altruismo de élite que no sólo no obliga, sino que ahora se utiliza como instrumento de promoción personal y de clase, el neo-altruismo.