Cada noviembre conmemoramos cronológicamente una celebración más del movimiento y convulsión social mexicana denominada “Revolución Mexicana”; sin embargo, muchos de los ideales que dieron origen a esta revuelta social y los cambios trascendentes que ésta detonó no se han podido consolidar.

Es de todos sabido que esta revuelta social se debió en gran medida a los grandes abusos del poder, principalmente del Gobierno Federal y sus allegados tanto políticos como empresarios nacionales y extranjeros. También es conocido que la falta de respeto al voto ciudadano era otro de los abusos de aquellos que detentaban el poder para perpetuarse en éste. Una pésima distribución de la riqueza, no por ineficiencia sino por concupiscencia y sed de poder, mantenía a la mayoría de los trabajadores; obreros y campesinos en un estado de pobreza y precariedad permanente, sin la más mínima posibilidad de una movilidad social que permitiera el tránsito, a través del trabajo digno y bien remunerado, de una clase social a otra. Los afortunados siempre eran los mismos, los allegados al poder.
La distribución de las clases sociales era muy marcada, a decir, la aristocracia feudal, la burguesía nacional, la pequeña burguesía o clase media, el proletariado y los campesinos. El Porfiriato favoreció a un puñado de familias cercanas al dictador que fueron beneficiadas a costa del trabajo del sector obrero y campesino; familias que se apoderaron del control político y económico del país, estableciendo “de facto” una monarquía aristocrática cuyo único mérito era su cercanía con el poder.

El arrebato de tierras y la explotación de los campesinos hasta la muerte, principalmente de aquellos pueblos originarios poseedores de la tierra exacerbó el encono nacional en contra del poder en turno. Fue en junio de 1910, celebrándose las elecciones para presidente de la República que, Porfirio Díaz resultó ser electo nuevamente Presidente de México; sin embargo, esas elecciones fueron cuestionadas por su alto grado de ilegitimidad y fraudulencia.
Así con el descontento social, abuso de poder, democracia fraudulenta y un gran espectro de pobreza obrera y campesina, esa última elección fue el caldo de cultivo para que el pueblo de México, a través de unos cuantos políticos, intelectuales, pensadores, luchadores sociales y miles de desfavorecidos, despertaran de ese letargo y sometimiento al que estaban acostumbrados en la “paz porfiriana”, pero que a costa de ésta había venido empobreciendo a la población y quitándole “de facto” derechos que muchos de pobladores no sabían que tenían. Y si lo sabían, no existían las condiciones sociales para exigirlos institucionalmente por lo cual se tuvo que recurrir a la fuerza y la violencia.
Tres de los grandes ideales de la Revolución Mexicana fueron: educación universal y gratuita; reparto de tierra y facilidades para trabajarla; y, trabajo digno y bien remunerado. Sin embargo, en estos tres grandes rubros seguimos en el atraso.
Si bien es cierto que la educación en México, es en su gran mayoría gratuita y obligatoria por lo menos en lo referente a la educación básica, media y media superior; no menos cierto es que el Estado mexicano ha sido incapaz de cumplir con la aspiración revolucionaria de educar a su pueblo. Cientos de escuelas privadas han surgido ante la incapacidad de los gobiernos postrevolucionarios para garantizar un lugar a cada niño y joven en México en una de las primarias y secundarias públicas. Y no se diga de las escuelas a nivel medio y superior, las cuales dejan a cientos de miles de estudiantes literalmente fuera del sistema educativo público gratuito.

Por otra parte, y más allá del tema de los espacios o lugares insuficientes en el sistema educativo público, está el tema de la calidad educativa, la cual es evidente que ha sido cooptada por grupúsculos de poder a los que no les interesa la educación, sino su beneficio personal, gremial o político a costa de la educación de millones de niños y jóvenes que tienen la fortuna que alcanzar un lugar en el sistema público.
En el tema de la tierra, el presidente Díaz otorgó concesiones a empresas británicas para la exploración y explotación de los recursos petroleros indispensables para el desarrollo económico, principalmente de Inglaterra, pero de suma importancia para toda Europa. Ciertamente, durante el periodo porfiriano, hubo desarrollo económico e industrial en México; sin embargo, éste fue sólo para unos cuantos. Y el descontento social derivado del creciente desarrollo sin justicia social incentivó un rechazo a la prolongada estancia del presidente Díaz en el mandato.

Hoy día, si bien es cierto que hemos superado el latifundismo “de jure”, no menos cierto es que “de facto” existen grandes beneficiarios del reparto agrario, entre ellos, descendientes de los “cachorros de la Revolución”, parientes, familiares y amigos de ex generales, ex gobernadores e incluso gobernadores en turno. El Plan de San Luis del caudillo Madero había proclamado y prometido elecciones democráticas y transparentes, así como, el restablecimiento de las tierras arrebatadas a los campesinos para la explotación del capital extranjero, reparto que nunca llegó a sus destinatarios originales y que se quedó “de facto” en manos a los cercanos al poder.
Por último, el trabajo digno y bien remunerado es otro anhelo revolucionario que sigue pendiente, las varias reformas laborales no han hecho otra cosa que precarizar el empleo, los salarios, las prestaciones y logros laborales obtenidos a través del establecimiento del artículo 123 constitucional como una conquista social revolucionaria. La Revolución Mexicana ha sido pues, una Revolución inacabada.