“Desde los tiempos más remotos, variados pensadores y filósofos como Homero, Herodoto, Esquilo, Tedúcides, Aristóteles y Platón abordaron el tema de la soberbia; sin embargo, su visón fue más filosófica que religiosa o teológica”.

Fieles a nuestra tradición de escribir y compartir algunas reflexiones con usted estimado lector, en esta ocasión hablaremos un poco de los pecados capitales y específicamente de uno de ellos, la soberbia, considerado, por algunos, el pecado capital más perverso de todos; mientras que para otros, este pecado no es sino más bien un vicio o inclusive una virtud.
Pero entremos en materia empezando por mencionar los siete pecados capitales; y digo esto porque pereciera que esta lista de pecados ya no es tan importante como lo eran en antaño, han perdido vigencia y positividad en una sociedad contemporánea que cada vez más, y más aprisa, se ha convertido en un conglomerado de personas pragmáticas, sin prejuicios morales que estorban para progresar en esta vorágine de competencia por la sobrevivencia y el éxito.
Bien pues decíamos que estos siete pecados capitales, desde la cosmovisión judeocristiana, son: la lujuria, la envidia, la gula, la avaricia, la pereza, la ira y la soberbia. La editorial Paidós realizó un compendio de siete libros que abordan cada uno de los siete pecados capitales, haciendo una breve narración de su origen y trascendencia, tanto desde el plano religioso como desde el plano estrictamente filosófico. Uno de los libros que más nos llamó la atención con el consecuente pecado capital desarrollado, fue precisamente el de la soberbia, desarrollado por el filósofo norteamericano Michael Eric Dyson, este pecado pareciera hoy día más bien una virtud.
Me explico, muchas veces pensamos que los siete pecados capitales fueron resultado de la obra de Jesucristo o en el mejor de los casos que éstos fueron creados a partir de la edición de la Biblia cristiana. Sin embargo, debemos recordar que los pecados, como conductas antisociales, fueron clasificadas hasta mucho después de la supuesta vida de Jesucristo, específicamente en el siglo IV por Evagrio Póntico, quien fue un pensador, escritor y orador monje asceta cristiano que entre sus enseñanzas estableció un sistema de clasificación de las diversas formas de tentación o “malos pensamientos”.
Estos ocho patrones de mal pensamiento eran: la gula, la avaricia, la pereza, la tristeza, la lujuria, la ira, la vanidad y el orgullo; sin embargo, esta lista de ocho tentaciones o pecados fue revisada y reducida dos siglos después por el Papa Gregorio Magno, El Grande; quien combinó el desánimo con la tristeza, creando así el pecado de la pereza, así como, la vanidad con el orgullo para crear la soberbia; para finalmente agregar la envidia como séptimo pecado capital.
Bien, a cada uno de estos pecados le corresponde una virtud que contrarresta precisamente a los pecados en cuestión, así la prudencia, la justicia, la fortaleza, la templanza, la fe, la esperanza y la caridad son la antítesis de los siete pecados capitales. Existen otros autores que plantean otras siete virtudes, tales como, la castidad, la templanza, la generosidad, la diligencia, la paciencia, la caridad y la humildad.
Sin entrar en la discusión de quién tiene o no la razón sobre las virtudes que atacan o contrarrestan los defectos o pecados capitales, la soberbia y la humildad son los dos conceptos que en este breve artículo nos interesa desarrollar a manera de sembrar la semilla del análisis y pensamiento crítico hacia conductas que observamos cada vez más arraigadas en la sociedad contemporánea; por un lado, la soberbia y; por el otro, la falta de humildad.
La soberbia, del latín “superbia” es un sentimiento de valoración de uno mismo por encima de los demás. Es la altives, la arrogancia, la vanidad y orgullo de sí mismo. Mientras que la humildad es la auto abyección, es la no aspiración a la grandeza personal.
El Papa Gregorio afirmaba que la soberbia es el principio de todos los pecados, porque con ella el hombre camina consigo mismo por los anchurosos espacios de su pensamiento, entonando en silencia sus propias alabanzas. Por su parte, San Agustín sostenía que la soberbia era la causa de que el hombre se aparte de Dios y un deseo perverso de encumbrarse. El pensador y filósofo Tomas de Aquino afirmaba que la soberbia es el deseo desmedido de alcanzar la propia excelencia, y con ello, truncar el mandato y los designios divinos del creador.
Desde los tiempos más remotos, variados pensadores y filósofos como Homero, Herodoto, Esquilo, Tedúcides, Aristóteles y Platón abordaron el tema de la soberbia; sin embargo, su visón fue más filosófica que religiosa o teológica. Todos ellos, de una u otra forma, afirmaban que la soberbia es el mayor de los vicios, y no pecado como lo afirma la cosmovisión judeocristiana, porque es la fuente primordial de la pobreza en el juicio moral y el desastre en la política.
Michael Eric Dyson afirma en su obra “Soberbia” que la actividad intelectual es una afrenta para un Dios que exige que los creyentes prescindan de la razón en el umbral de la fe. Y en este sentido, hoy día vemos una sociedad más pensante, crítica, exigente y sobre todo más soberbia. Poco a poco la sociedad ha caído en cuenta que ella misma es la constructora de su destino, al margen de las inclinaciones teológicas que cada sociedad pueda tener.
Bienvenida pues la soberbia que humaniza a la sociedad y que antepone la razón sobre la fe o el dogma.