El chulo I

El chulo I

Que en sociedad pondrían una sala de belleza o tal vez una boutique de ropa para dama, puras cosas de esas. Al final eligieron poner una boutique, como mi casa era grande y estaba ubicada en un lugar que era pasadera de mucha gente, les fue conveniente rentarme un espacio por la parte de enfrente, que a mí en nada me afectó.

“La respuesta a la pregunta por el ser,
no puede consistir en una proposición aislada y ciega”
Martin Heidegger

Al pobre lo hallaron colgado del pescuezo con sus propias medias, en el puro centro de un cuarto de hotel. Hasta eso que era de cuatro estrellas porque el Gumaro, la verdad que estaba re chulo el condenado, lástima que fuera puto y no vieja. ¿Apoco tú no lo conociste? Era muy famoso el muchacho, te voy a contar su historia a ver si lo recuerdas: desde que estaba plebe se le vio la zanca al pollo. Ahí andaba el Gumarillo correteando con la ronda de párvulas, jugando con las barbys de sus compañeras de juegos, entre ellas mi hija ¡Ah cómo le costaron cintarazos del padre! El pobre pensaba que sólo así le quitaría lo marica. Qué equivocado estaba. Con los años el hombre no sacaba ni las narices de la vergüenza, parece que el muchacho mientras más crecía, más bonito se ponía, ¡no vayas a pensar que soy puto, porque a mí me gustan las viejas y a las pruebas me remito! Pues déjame decirte que el día que al morro se le ocurrió vestirse de niña, el padre se dio un balazo en la cabeza. No, eso sí que fue una tragedia, la mujer de él, que era la madre del chulo, enloqueció, el Gumaro o Gumara, no sé ni cómo decírtelo, la metió a un centro siquiátrico y así de fácil solito se quedó.

Si tú lo hubieras visto cómo se transformó, no creerías que había nacido hombre. Ya ves que a los travestis luego se les nota que son machines por las zancas corvas y el lomo ancho, las manos y pies grandes, la voz por más que finjan siempre se les escapa un gallo, la piel de la cara aunque la enjarren de maquillaje no logran suavizarla, la manzanita no la pueden ocultar, algunos se inyectan aceite de cocina en los pechos pero ni así, a fin de cuentas siempre sale a relucir su innata esencia hombruna. Pero si tú lo hubieras conocido, por esta cruz que beso en mis dedos, que ni te hubieras dado cuenta que era machín el bato. Cuando lo vi pasar por primera vez vestido de vieja hasta le chiflé, ¡un cuerpazo, güey! n´hombre, para mí que éste nació con el cuerpo equivocado, era vieja desde el dedo gordo hasta la punta de sus rubios cabellos. El cabrón volteó y me hizo una seña obscena con el anular de la mano, fue entonces que me di cuenta que era él. Quería que me tragara la tierra, temí que le fueran con el chisme a mi mujer porque pensaría que me gustan los maricas, pero nel, yo soy machín y me gustan las viejas como ya te lo dije. El bato se ponía unos vestiditos de licra que se le miraban pintaditos, zapatillas de tacón alto y bolsa del mismo color, para mí que se iba a talonear.

Un día me contó mi mujer, después de llegar de una de esas fiestas para mujeres, que había visto un show de travestis. No vas a creer quién era la estrella del espectáculo, me dijo, ni más ni menos que Gumarito, se hacía llamar Madona, si él no me hubiera saludado no lo habría reconocido, estaba tan chulo, decía enternecida. Cantó, bailó, narraba con lujo de detalles mi mujer, se travistió de Laura Paussini, Paulina Rubio, Martha Sánchez y la Madona… Lo recordó el resto del día, musitando las canciones que seguro cantó el chulo en la fiesta.
La verdad que yo al muchacho lo llegué a querer como si fuera mi hijo, o mi hija. Lo vi crecer al morrillo, lo vi sufrir con su padre que jamás comprendió su naturaleza; nunca fue vago ni flojo, era buen estudiante, no se metía con nadie, su único defecto fue nacer invertido y pues ahí qué se le puede hacer.

Como yo tenía una hija de su edad que a la vez eran amigos o amigas, era normal que todo el tiempo se hablara de él en casa. Que en sociedad pondrían una sala de belleza o tal vez una boutique de ropa para dama, puras cosas de esas. Al final eligieron poner una boutique, como mi casa era grande y estaba ubicada en un lugar que era pasadera de mucha gente, les fue conveniente rentarme un espacio por la parte de enfrente, que a mí en nada me afectó.
Pronto mi casa se convirtió en una eterna pasarela de modas. Iban desde niñas, señoritas, señoras, hasta maricones. Fue un éxito el negocio. Mi hija y el Gumaro estaban felices. Mi mujer estaba encantada y yo, pues que te puedo decir. El muchacho se convirtió en parte de la familia como te dije, casi como un hijo o hija para mí y mi mujer y creo que él también sentía lo mismo, finalmente había encontrado lo que nunca tuvo: una familia.

Mi hija y él salían juntos, frecuentaban en sus tiempos libres: discotecas, cines, billares, bares… el contacto era constante, el negocio así lo exigía. Él veía en mí, tal vez al padre que hubiera deseado, en mi mujer quizá a la madre que perdió, y en mi hija seguramente una hermana. Que si fuimos criticados, ¡claro que sí!, pero poco nos importaba el comentario de la gente.
Con el tiempo entre nosotros la confianza fue creciendo como si fuera mi hijo o hija. Me contaba de sus andanzas, sus dudas, me pedía consejos como a un padre, apenas tenía dieciocho años igual que mi hija. Él, continuó con su rutina de espectáculos nocturnos de vez en cuando, estudiaba una licenciatura por las tardes y por la mañana cubría su turno en la boutique. Era un chico cariñoso y respetuoso. En ocasiones, a mí y a mi mujer nos abrazaba efusivamente y nos plantaba un beso en la frente. Éramos la familia perfecta.
El muchachito y mi hija además de ser buenos empresarios eran inseparables, no más faltaba que viviera de planta con todos nosotros. Frecuentemente comía en nuestra casa, era bienvenido a la hora que fuera.

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