El colmo fue cuando un fin de semana, acompañado de un nuevo personaje llegó a mi casa buscando a mi hija, y con una ironía que no le cabía en la cara me lo presentó como su nuevo novio. Era evidente que lo hacía a propósito, tenía prohibido acercarse a mi casa. Intuí que sus intenciones eran provocar y lo consiguió.

En una ocasión en que mi mujer no estaba en casa y seguro de que mi hija estaba en su recámara, le llamé, toqué varias veces a su puerta. Está abierto, se escuchó la voz. Cuál fue mi sorpresa al entrar, que del baño salía Gumarito totalmente desnudo, como diosito lo trajo al mundo. Desinhibido y sonriente me dijo: siéntese en la cama. Ya te imaginarás lo que sentí, tartamudeando le dije que al escuchar ruidos pensé que sería mi hija y no él, me disculpé y decidí salir de inmediato. Desde ese día todo cambió. Por las noches tenía pesadillas horrendas en recuerdo de la escena, cada encuentro con el muchacho me inundaba de adrenalina, mi criba no alcanzaba a tamizar el acontecimiento, al principio podía dominar la situación, pero cada día se hacía más difícil soportar las bellas sonrisas del chico. Después de unos días, anegado de vergüenza y coraje por lo sucedido decidí hablar, decirle todo a mi mujer. El secreto me estaba consumiendo, la tranquilidad de mi conciencia estaba en juego y no es que el Gumarito me hubiera perturbado, ya te dije que a mí no me gustan los maricas, yo soy machín, y a las pruebas me remito. El detalle era, que por el cariño que le tenía al muchacho, lo del otro día, lo consideré una falta de respeto a mi persona, a mi hogar y a mi familia: un abuso de confianza. Cómo podía ser que, después de haberle abierto las puertas de nuestro corazón y nuestra casa, ahora saliera con esas desvergüenzas. Qué diría mi hija si lo supiera y qué pensaría mi mujer si le contara. Y si no me cree, titubeé, y si piensa mal de mí, sería el final de nuestra vida familiar, la ruptura de mi hogar.
Le pedí a Dios que me iluminara, que me guiara por el camino correcto y finalmente, decidí hablar directamente con él.
El día, el momento idóneo, lo elegí una mañana en que él no abrió la boutique porque tenía fiebre y mi mujer y mi hija, con aquella bondad que les caracterizaba, le invitaron a convalecer en casa, en la recámara de mi unigénita, la que muy temprano se marchó a la facultad; y mi linda mujer había ido a la farmacia a comprar unos antibióticos para Gumaro y un pollo para prepararle un caldo. En cuanto ella salió, me acerqué a la puerta y le hablé para saber si estaba despierto. Con un gemido de moribundo me invitó a pasar.
Las manos me sudaban, pero aun así mi semblante adusto no desapareció. Con voz firme le recordé aquel día y le hice ver que estaba abusando de la confianza de mi familia, que era capaz de perdonar aquel incidente a cambio de que evitara su nuevo proceder. Le constaté mi amor por mi mujer y por mi hija y le advertí que de volverlo a hacer, sin pensarlo lo desenmascararía frente a mi familia.
¿Que qué me dijo?, ¡si lo hubieras visto!, lloró como un corderito recién nacido. Me conmovió y caí en su trampa redondito. Al principio lo toqué en el hombro, con ánimos de consolarlo le dije que lo olvidaría, que todo seguiría siendo igual que antes. Y en eso que me sujeta la mano, la comenzó a besar, pero no como un hijo besa la mano del padre, sino como una hembra besa la mano del macho, con lujuria. Al momento la retiré con cierta violencia, retrocedí intentando salir del cuarto, entonces se levantó de la cama y se tiró al piso, tomó mis pies suplicando entre lágrimas que le perdonara todo ese amor que sentía por mí y que no podía más ocultarlo. Que se sentía el ser más despreciable del mundo por haberse enamorado del padre de su mejor amiga. Acto seguido, salí del cuarto más desconcertado que antes. Ya te imaginarás los días ulteriores. Comenzaron los insomnios, no me daba hambre, me volví huraño con mi mujer, que angustiada preguntaba por mi salud. Intentó llevarme al médico, no obstante me negué y le prometí que pronto pasaría. Tres días estuve enclaustrado en mi cuarto sin querer ver a nadie, en especial a Gumaro, y no es que él me haya perturbado, ya te dije que yo soy machín y no me gustan los maricas y a las pruebas me remito.
Cuando me sentí con la fortaleza de salir a enfrentar la realidad, me encontré con un puñado inextricable de posibles consecuencias y discerní que el problema era mío y de él, mas no de mi familia, por lo tanto yo no tenía derecho de perturbar su paz. Era yo quien tenía la obligación de arreglar ese asunto de una vez por todas.
La siguiente vez le pedí a Gumaro que se retirara de mi familia, que tuviera la delicadeza de no mezclarse más con mi hija y mi mujer. Tú sabrás como le haces pero te advierto, le dije deseando triturarlo con mis propias manos, que no permitiré que les hagas daño. Llorando como una niña, me dijo que haría lo que yo le pedía pero lo que nunca lograría me gritó, era dejar de amarme y me juró que tarde o temprano él estaría en mis brazos y que yo lo amaría tanto o más de lo que él me amaba. Firmemente se marchó con la frente en alto para nunca más volver a casa.
Mi hija y mi mujer no entendían lo sucedido, cómo de un día para otro Gumaro había decidido disolver la sociedad y aún más, el alejamiento tan repentino de nuestro hogar. Yo fingí desconocerlo todo, no quise enterarme de las explicaciones que a ellas les dio y sólo me dediqué a olvidar el tema. No fue fácil para ellas reordenar sus nuevas rutinas, no había día en que no saliera a colación el nombre del muchacho. Tanto que ni yo mismo lo podía borrar de mi pensamiento. Y no porque el muchacho me perturbara como te lo he dicho, a mí me gustan las viejas y a las pruebas me remito.
Por ellas mismas me enteraba de lo que ocurría con su vida sin proponérmelo: seguía siendo la reina del espectáculo gay, estaba a punto de licenciarse, había abierto una estética y se había conseguido un novio de película.
Un sábado por la tarde en que decidí salir temprano de mi trabajo, te juro que no sé ni por qué lo hice, se me ocurrió pasar por donde mi hija había contado que estaba la estética de su aún amigo. Quise que me tragara la tierra cuando vi que un tipo bastante carita y bien vestido salía acompañado del muchacho, Gumaro me había visto y no disimuló al abrazarlo amorosamente antes de que ambos subieran a un coche de lujo. Después le dio por pasar constantemente por mi casa acompañado cada día de un galán nuevo. El colmo fue cuando un fin de semana, acompañado de un nuevo personaje llegó a mi casa buscando a mi hija, y con una ironía que no le cabía en la cara me lo presentó como su nuevo novio. Era evidente que lo hacía a propósito, tenía prohibido acercarse a mi casa. Intuí que sus intenciones eran provocar y lo consiguió.
Ese día lo corrí de mi casa junto con el marica que llevaba al lado. Tuve suerte de que mi hija y mi mujer no estuvieran en ese momento.
Después de unos meses en los que me convertí en un ser diferente para mi esposa, me lo decía cada día: que si ya no la amaba, que si había alguien más, que qué nos estaba sucediendo. Un día tristemente me pidió que me marchara, que porque yo no era el hombre del que ella se había enamorado y que estaba segura de que había alguien más entre los dos.
Esto que a continuación te voy a contar, júrame por tu madrecita que está en el cielo que lo guardarás hasta la tumba. Porque ay de ti, que un día mi mujer y mi hija se enteren, soy capaz hasta de… matarte. Y no me veas así, porque es cierto.
Me fui con todos mis trebejos a rentar un modesto departamentito amueblado en el centro. Mi hija estaba deshecha al igual que yo. No podía creer el hecho de que yo me marchara de casa, no lo entendía, ni lo entendería jamás.
Uno de esos días en que tristemente intentaba acostumbrarme a mi nuevo hogar. Mientras regaba las plantas que adornaban mi balcón, el cual daba hacia la calle desde el tercer piso del edificio. Vi pasar a Gumaro. Vestido como todo un hombrecito, por la acera de enfrente. Al verlo me paralicé. Él se detuvo diciéndome desde abajo que si lo podía recibir. No supe que contestar. Cuando salí del sopor él ya estaba dentro de mi departamento. Me dijo que necesitaba hablar conmigo en otro lugar, que era algo muy importante que nos concernía a todos, es decir: a mí, a mi hija y a mi mujer. ¿Qué es lo que quieres?, indagué molesto. Y sólo me contestó al salir que si no asistía a la cita contaría todo a mi familia, sus sentimientos hacia mí y los míos hacia él. ¡De qué sentimientos hablas!, le grité. Me dejó una tarjeta con el nombre de un hotel y un número remarcado con tinta roja.
Asistí a la cita. Toqué la puerta y fue sorprendente cómo me recibió. Nada de aquel chico que un día antes llegó a mi casa. Estaba vestido como toda una dama. Con aquel cabello rubio que le llegaba hasta la cintura, un vestido rojo intenso pegado a su escultural cuerpo, medias, zapatos de tacón alto. Mi interés por lo que habría de decirme me tenía ahí, en espera de que empezara a hablar. Amablemente me ofreció una bebida que acepté sin pensar. Algo raro sentí que bullía por mi cuerpo, que hacía efervescencia en mi piel, algo que me obligó a hacer lo que nunca en mis cinco sentidos hubiera hecho. En segundos me sentí eufórico, libre y feliz.
No supe cuantos días pasaron en los que fornicamos como locos sin salir del cuarto ni un momento. Hubo de todo, para qué te digo, hasta vergüenza me da decirlo.
Cuando volví en sí. Me descubrí revuelto en aquel cuerpo desmadejado y desnudo. Recorrí el cuarto en desorden: vasos en el piso, botellas de ron vacías, ropa. Flotaba en el aire un olor rancio a alcohol y sexo. Sentí ganas de vomitar, de tomar una pistola y matarme como lo había hecho su padre de pura vergüenza. No te voy a contar lo que sucedió después pero ya te lo has de imaginar. Y no es que el muchacho me haya convencido, algo me echó en la bebida, porque como te lo he dicho y te lo vuelvo a repetir, a mí no me gustan los maricas y a las pruebas me remito.

El chulo es un cuento de la Antología Instrucciones para matar al enemigo de Alma Vitalis