El problema es que esta situación ha desgastado a los soldados y públicamente están haciendo manifiesta su molestia”. Hasta aquí con la columna del 21 de octubre. Ahora bien, lo que señalamos en ese tiempo, era un malestar en la élite, pero eso ya ha bajado a la base, y ahora los soldados de tropa están manifestando de igual forma no solamente un malestar, sino u hartazgo.

“Al final, a los militares se nos busca como perros de rancho: se nos suelta para defenderlo y se nos guarda en las pachangas”.
Vidal Francisco Soberón
Secretario de la Marina de México
(El País, 20 de octubre 2016)

El 21 de octubre del año pasado, se publicó en este espacio una columna de un servidor, donde se señalaba el “malestar de los militares” con respecto a esta guerra contra el narcotráfico. La columna llevaba precisamente ese título, y en ese entonces, señalábamos que:
“En la “guerra contra el narcotráfico” en México, el poder político sacó de los cuarteles a los militares desde el 2005 (Vicente Fox) y hasta la fecha no los han regresado. Y en todo este camino han sufrido bajas importantes –como la ocurrida en Culiacán (…)-; han sufrido descrédito por acusaciones de abuso, de tortura y de matanzas (Tlatlaya); han acusado un desgaste debido a su incursión en una guerra que no parece tener fin, muchos menos algún signo de victoria; y no han tenido respaldo político en lo referente a la legalización de su actuación en materia de seguridad pública. Resultado: los militares –dixit el Secretario de Defensa, General de División Salvador Cienfuegos- están molestos.

Y esa molestia por parte de la élite militar, se había hecho manifiesta a través de una declaración en un periódico español (El País), el 20 de octubre del 2016, donde:
“…el Secretario expuso las condiciones bajo las que opera la milicia en México: 50 mil efectivos –dice- están movilizados en el combate al narcotráfico y al crimen organizado. Realizan tareas de seguridad tanto en la sierra como en las ciudades –sin que sean relevados-. Al inicio se dijo que la presencia del ejército era temporal (2005), pero “nadie ha puesto en marcha un plan de salida”. Y ahí se mantiene el ejército, realizando tareas en las cuales no está capacitado y sin un marco legal que ampare su actuación en el campo de batalla.

La molestia en parte también tiene que ver con esa falta de respaldo político. Se teme –afirma el Secretario- que si se legaliza el despliegue del ejército, después ya no quieran regresar a los cuarteles. Y le disputen a los civiles –eso lo decimos nosotros- el poder político. Desde la perspectiva del General Cienfuegos, este es un temor infundado; pero a la clase política no se le olvida que los militares fueron gobierno en este país, y por ello prefieren mantenerlos en las tareas que le fueron conferidas en los últimos 10 años: Lejos de las urnas (por mandato constitucional), pero cerca de la seguridad (por mandato político). El problema es que esta situación ha desgastado a los soldados y públicamente están haciendo manifiesta su molestia”.
Hasta aquí con la columna del 21 de octubre. Ahora bien, lo que señalamos en ese tiempo, era un malestar en la élite, pero eso ya ha bajado a la base, y ahora los soldados de tropa están manifestando de igual forma no solamente un malestar, sino u hartazgo. Y piden regresar a los cuarteles porque “están cansados de esta narco-guerra en la que capturan a los criminales, pero en poco tiempo salen libres porque las demás autoridades no hacen su trabajo”.

Esta declaración circula a través de las redes sociales y algunos medios nacionales como la revista Proceso ya han hecho eco de esta manifestación de las tropas castrenses. En esa misma misiva, se afirma que los soldados ya están cansados “…de ver como emboscan a nuestros compañeros de forma cobarde y que ninguna autoridad, Organización No Gubernamental y de Derechos Humanos hagan algo”. Y se agrega: “Somos nosotros los que luchamos, no tú (sic) defensor de derechos humanos, no tú (sic) miembro de alguna ONG que nos acusa de lo peor, no tú (sic) que te quejas de nuestro trabajo en la comodidad de tu hogar”.

En el tema de los derechos humanos en específico, la misiva señala que: “Hemos tomado medidas drásticas para combatir al mal, pero si tanto les hiere que violemos los derechos humanos del sicario ‘inocente’, entonces hagan la chamba ustedes”. Y rematan con lo siguiente: “…si les indigna nuestro actuar, no olviden que cuando la operación fue difícil y peligrosa, nunca dijimos que no y nunca dimos un paso atrás, pues muchos vivimos de eso y, lejos de salirnos, aquí continuamos solo para tener una oportunidad más de cambiar el país”.

La posición de los soldados que han hecho circular esta misiva por las redes sociales, traduce un malestar en varios sentidos: 1) Con la sociedad, que en lugar de apoyar la causa, prefiere poner en la tribuna pública una crítica constante y permanente a su actuación en esta guerra contra el crimen organizado; 2) Con las autoridades civiles, que en lugar de reforzar la lucha, contribuyen en algunos casos con los propios delincuentes. Resultado: hay agotamiento y hartazgo en la milicia con esta absurda guerra contra el narcotráfico. Ellos también son víctimas en esta historia. Al igual que miles de familias que han sido desplazadas de sus comunidades por motivos de la violencia. Al igual que miles de personas que han perdido un familiar y ahora lo buscan en las miles de fosas clandestinas que existen en este país. Al igual que miles de inocentes que han perdido la vida a lo largo de estos 10 años de guerra.
El malestar de los militares está justificado, al igual que el de la sociedad. Ambos son víctimas de una clase política que primero administró el águila y ahora se observa devorado por ella.