Los atenienses iniciaron el drama de la democracia hacia el siglo V a.C. bajo el gobierno de Solón, un magistrado que fue electo para reorganizar la vida económica en un momento crítico en que la mayoría de los campesinos yacían endeudados a los aristócratas y perdían todo, hasta su libertad, pues la ley les obligaba a venderse como esclavos para saldar sus deudas

Durante los últimos meses he estado estudiando el mundo antiguo con el propósito de entender a las civilizaciones. En este tiempo he hecho una pausa muy especial para dedicarme a leer la obra del historiador griego Plutarco, que se titula Vidas paralelas, una serie de veintidós biografías comparadas de eminentes personajes históricos de Grecia y Roma.

La obra de Plutarco, escrita hacia el siglo I d.C., tenía la intención de mostrar las similitudes entre ambos Imperios del mundo clásico. Y en efecto, Grecia y Roma tuvieron tantas similitudes que se les considera una misma civilización grecorromana.
En el mundo antiguo, en el Mediterráneo surgieron una numerosa cantidad de ciudades-Estado poderosas, ricas, y algunas hasta alcanzaron un desarrollo tal que los modernos no creerían que existieron en una época tan remota. Fue una era en la que toda gloria se alcanzaba por las victorias de la guerra. Sin embargo, cuando se formula la pregunta ¿Por qué Grecia (Atenas para ser precisos) y Roma fueron los fundadores de los Imperios mencionados y no cualquiera de las demás ciudades-Estado, si todas eran naciones guerreras? ¿Qué los hizo diferentes y mejores? La respuesta está en sus instituciones inclusivas.

Lo que las hizo distintas al resto (y vaya qué diferencia) era que ambas tuvieron sistemas de gobierno representativos. Atenas era una democracia que terminó por imponerse al resto de Grecia y creó la cultura clásica que se expandiría durante el Imperio de Alejandro Magno desde Italia hasta la India; y la de Roma era una república que se expandiría como Imperio desde las islas británicas hasta Siria.

En Atenas la democracia se construyó originalmente bajo la igualdad de participación del pueblo entero en el ejército, ya que literalmente todos los ciudadanos eran guerreros. La institución básica era la unidad militar llamada hoplitas, que organizaba a los guerreros por pequeños grupos de unos ocho o diez soldados cada una y que configuraban el orden del ejército. Esta institución erosionó las desigualdades, ya que si un hombre pobre luchaba al lado de un aristócrata rompía la distinción de clases, y con ello el pueblo llano desarrolló una sensación de tener el derecho a participar en el gobierno como cualquier otro ciudadano. Los atenienses iniciaron el drama de la democracia hacia el siglo V a.C. bajo el gobierno de Solón, un magistrado que fue electo para reorganizar la vida económica en un momento crítico en que la mayoría de los campesinos yacían endeudados a los aristócratas y perdían todo, hasta su libertad, pues la ley les obligaba a venderse como esclavos para saldar sus deudas. Solón anuló dicha ley y restableció un régimen timocrático donde sólo se podían tener derechos como ciudadanos si se tenían propiedades privadas.

Después de que Solón estableciera la Constitución de Atenas, el gobierno lo ejercía una Asamblea formada por quinientos ciudadanos que se renovaba cada año y que tenía la intención de lograr que todos los atenienses hubieran participado en el gobierno al menos una vez en su vida. Otra institución propia de este tiempo fue el ostracismo, una especie de votación del exilio de personajes que representaran una amenaza para el estado democrático, y que duraba diez años.

La democracia llegó a su gloria en el siglo V a.C., con Pericles, que gobernó durante cuarenta años por voto popular (cada año se reelegía como supremo magistrado). Pericles llegó al poder gracias a su capacidad para convencer a las masas, y a que derrotó y exilió a sus adversarios políticos. Supo incentivar la productividad y utilidad del populacho otorgándoles trabajo para construir obras públicas de manera keynesiana. Fue bajo su gobierno que se estableció una Alianza entre todas las ciudades-Estado griegas (salvo Esparta), en la que Atenas se ponía a la cabeza. Dicha Alianza terminaría por ser un orden impositivo para que Atenas gobernara Grecia.