Instrucciones para matar al enemigo

Instrucciones para matar al enemigo

No tengo el valor de verme de frente. Poco a poco pero muy poco a poco lo adquiero y lo logro. ¡Al fin, cobarde! ¿De qué te asustas si soy tú? Y finalmente quedamos frente a frente. Ahora dime, siguió con la retahíla, ¿qué harás con los ahorros, le regresarás su parte? Guardé un ambiguo silenci

Hoy llegó mi lindo piano alemán: un ‘Bösendorfer’ de gran cola. Todo mundo sabe que soy pianista. Vivo en el segundo de los cuatro pisos de un antiguo edi?cio que abarca toda una manzana de París, en el apartamento con el número 13. Aquí no hay elevador, afortunadamente las escaleras son espaciosas y los escalones grandes. No hubo ningún contratiempo al subir el paquete. FRÁGIL, trae al calce. MANÉJESE CON CUIDADO.
Momo y yo fuimos grandes amigas… hasta que la muy estúpida puso los ojos en Frank, MI FRANK, así: con mayúsculas y negritas. Él y yo teníamos una relación de cinco años, nos íbamos a casar. Teníamos nuestros ahorros…aaagggrrrhhh!! Sí, lloro estrepitosa y escandalosamente y no me importa que los cincuenta inquilinos del edificio vengan a quejarse. No sé qué pudo ver Frank en la idiota de Momo, somos tan diferentes: claro, ella tiene una linda cabellera, ojos azules, las medidas perfectas, aaagggrrrhhh ¡maldita zorra! Ahora deben estar revolcándose, disfrutando de su amor.
Cuando llegó mi paquete, el
único de los cincuenta vecinos que se enteró fue ‘M. Tersteeg’ que vive en el mismo segundo piso, a mi derecha, en el número 11. Es un vejete solterón y jubilado del ejército que vive solo como una ostra, como yo, y es que en nuestro edificio está prohibido tener niños y mascotas. Buen día, ‘madeimoselle’, me saludó golpeando los tacones de sus zapatos y la mano derecha en la frente, en posición de firmes. Buen día, ‘M. Tersteeg’. Gran paquete, comentó. Así es, le dije desviando la mirada hacia mi compra sin prestarle más atención; entonces no le quedó de otra que marcharse marcando el paso hacia su departamento.
Los chicos de la paquetería fueron muy amables al introducir la caja hasta la estancia. Se ofrecieron en ayudarme a armar pero rehusé la gentileza y se marcharon al fin.
Aquel día del infortunio, cuando los descubrí en mi propio departamento, en aquel pequeño lapso en que me ausenté para ir a la cocina a servirme un vaso con leche, a mi regreso los vi, ¡oh sorpresa! ¡Se estaban besando! Les tiré el líquido frío a ambos y salieron despavoridos y húmedos sin decir palabra. Se habían marchado. Y yo me quedé por largo rato llorando a mares. Sollozando, moqueando hasta que ya no había más lágrimas en mis ojos rojos e inflamados. De paso a la regadera, lánguida y desnuda me miré en el espejo y lo que vi en realidad me espantó, ¡esa no soy yo!, tapé mi cara con las dos manos y de pronto la imagen, mi imagen me llamó: Ey, pss, mírame y escucha: ¿te gustaría vengarte? Me cuestionó en un tono un tanto sardónico. No tengo el valor de verme de frente. Poco a poco pero muy poco a poco lo adquiero y lo logro. ¡Al fin, cobarde! ¿De qué te asustas si soy tú? Y finalmente quedamos frente a frente. Ahora dime, siguió con la retahíla, ¿qué harás con los ahorros, le regresarás su parte? Guardé un ambiguo silencio. ¡No seas estúpida, por dios! Te voy a dar
un consejo: Si has de matar a alguien hazlo de la manera más placentera para ti. Que sufra y no quede duda de que salga viva o vivo. En este caso ¿quién
te gustaría que fuera? ¿Momo o Frank? Frank, contesté efusiva, no, Momo, mejor Momo, cambié rápidamente de opinión, sí, Momo, ¡por hipócrita y zorra! Ok, dice la imagen apuntando a su sien como con un revólver. ¿Lo has pensado bien? Los ahorros los usarás para comprar el arma, ¿entendiste?: una pistola, enumeraba con los dedos de las manos, un bate, veneno para ratas, qué sé yo. Me sobraría bastante dinero, repliqué, no, una pistola no, un bate no, veneno tengo en el almacén, no.
Con instructivo en mano, día a día aprovechando mis vacaciones en la oficina de correos en que trabajo por las mañanas, me dispuse a armar mi piano. Moví todos los muebles que puede haber en una estancia hacia la orilla, pegados a la pared, hasta dejar suficiente espacio y sacar pieza por pieza del instrumento en cuestión: doce mil en total: el puente, los pedales, la caja y tapa, el teclado, las cuerdas, las patas… Yo al centro y cada pieza y tornillo formando una Vía Láctea a mí alrededor, donde yo, por supuesto, era el Sol. Todo aquello se convirtió en mi hábitat por algunos días. Cuando subía con objetos pequeños hacia la azotea no había ningún problema, pero hacerlo con piezas grandes como la tabla armónica, la cola, el bastidor… había que buscar la manera de pasar desapercibida al subir por las escaleras. Temía encontrarme con alguno de los inquilinos del tercero y cuarto piso, como con ‘Mme’. ‘Begemann’, una pintora amargada que se la pasaba blablablá, hablando mal de los vecinos casi todo el tiempo.
Después de unos minutos la imagen y yo nos pusimos de acuerdo.
Me planté frente a mi computadora portátil en busca de información por internet: Google: ventapiano: de medio uso. No, de paquete. Kawai K25, piano japonés extremadamente cuidado 68,000 dls. Muy barato. Pianosgallery: venta, afinación y reparación de pianos. Piano de cola LOS PIANOS.COM. ¼
de cola, fabricado en EEUU, tornillos y pedales de bronce marca Schumann 32,000 dls. El flete corre por cuenta del cliente. Podría ser. PIANO alemán ROSENKRANS 1925 MX 29,900 dls. Piano con pianola R.S. HOWARD NEW YORK año 1893, vertical. Pianos en Vilanova i la getru (BARCELONA) PIANO CHASSAIGNE FRERES. Hermoso Bösendorfer de gran cola, 12,000 piezas, cliqueé precio: 200,000 dólares, ¡perfecto!
No fue nada fácil construir mi piano de cola en la azotea sin que nadie se percatara. ¡Estás loca!, me dijo la imagen, Sí, estoy loca. Con la presencia de M. Maupassant, el inquilino de enfrente, que siempre merodeaba al pendiente de cada uno de nosotros por si algo se nos ofreciera, un tipo viudo tan educado que empalaga, ahora entiendo por qué su mujer murió diabética.
El Bösendorfer estaba listo. Justo al frente de la fachada cubierto con los mismos cartones en que llegó, para que los vecinos del edificio de enfrente no lo pudieran ver. Y ahí estaba yo junto a él, tocando El estudio revolucionario en do menor, opus 1, nro. 12, de Chopin, a las siete de la mañana justo la hora en que Momo pasaba a su trabajo por la banqueta de mi edificio. Ella se detuvo al escuchar aquella melodía anegada de furia, tristeza e impotencia, volteando irremediablemente

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