Ed124 P13 Cuentos

La simiente: cuentos cortos

La voz de mi padre se escucha melosa y la de mi madre incierta. Con los días la voz paterna se va diluyendo, mezclándose con los sonidos de la atmósfera, hasta que poco a poco desaparece en el espacio.

La felicidad no enseña nada. El sufrimiento te curte para el futuro. El sufrimiento es la escuela del alma. Entre las aguas del sufrimiento se emerge purificado, fuerte, listo para afrontar los retos del arte de la vida.
J.M. Coetzee

Palpito en una dimensión remota llamada Avatar.
Soy la luz.
Soy la única.
Naceré en veinte años terráqueos. En un recóndito punto del planeta hoy nacerá mi padre, al que elegí de entre el infinito y será, no el mejor: el necesario. El que con su mal ejemplo hará de mí el ser más venturoso encima de la marga, e irrumpiré de mi madre —la elegida por mí, nonata, imperfecta— al mundo. Y de igual manera de ella aprenderé lo inocuo y lo inicuo del caldo de la vida.
Mientras, los veré existir, reír, caer, gozar y llorar desde mi distante lugar, desde esta atmósfera ecuánime y proba, fantástica e increíble.
Hubiera podido elegir vibrar para siempre en la largura de ese espacio, sin embargo: vivir en la tierra es mi destino.
Dos años han pasado y al fin han nacido. Expulsados en puntos equidistantes y aunque remotos, un día el padre y la madre se encontrarán.
En ocasiones, la curiosidad de conocer más allá de donde puedo ver y palpar me lleva a hurgar por parajes enigmáticos y desconocidos, absorbo sensaciones de otros espacios, mi estado intangible se dispersa en la lejanía en busca de aprendizaje, puedo ver imágenes de terrenales en masa que van y vienen como robotizadas. Algunas suelen tener las facciones de lo que sería un rostro en la parte superior del conjunto humanoide, —el cual lucen con regocijo—, y éste cubre un artefacto que se puede llegar a utilizar con inteligencia racional y emocional. Otras figuras lo llevan en la parte inferior, arrastrándolo por el camino, maltratándolo, dañando el mecanismo que llevan dentro. Pero la que más atrae mi atención, son los modelos que llevan el rostro en el eje de su cuerpo, en el centro de ambos polos, mezclando su raciocinio con la inmundicia de las entrañas. Entre toda esa pasta busco a mi familia, la que tendré en años ulteriores.

No es fácil ser la única. De cierta forma es una incertidumbre, es llevar a cuestas una responsabilidad, una encomienda: la de ser mujer Avatar. Ser mujer Avatar es ser diferente y al mismo tiempo igual. La mujer Avatar fluye en la atmósfera, ama con pasión y guarda en lo más recóndito de su interior el secreto de su poder: la tenacidad. Ese será mi futuro existencial.
Mis padres han crecido lo suficiente. De un momento a otro se toparán en cualquier río de entes; y se verán y sus líquidos explotarán de sus cuerpos, atrayéndose uno a otro. Se sentirán enfermos de ansiedad, de frenesí; olfatearán sus aires corpóreos en la lejanía y sin más resistencia se unirán en un solo ser, y ¡ahí!, justamente ahí, quedará la simiente, mi luz, mi aura, y no habrá ángeles que revelen que el preño logrado sea celestial, no, será tan humano como todos los humanos que deambulan en masa como ríos.

Germino.
La madre lo presiente. El preño es errado, sin embargo: es mi sino.
Estaré nueve meses terrenales dentro de esta cápsula, conectada a la vida por un sanguinolento conducto que sale de mi eje, del centro de mi materia. Cada día escucho las voces de los que serán mi familia, ¿dónde llevarán el rostro? Identifico los tonos, los matices, las intenciones. La voz de mi padre se escucha melosa y la de mi madre incierta. Con los días la voz paterna se va diluyendo, mezclándose con los sonidos de la atmósfera, hasta que poco a poco desaparece en el espacio.
Palpito en el cuerpo de mi madre y ella lo siente y en ocasiones se deleita y en otras piensa en el aborto. Bebe líquidos hirientes. Ella desconoce lo que yo conozco de sobra. Vivir es mi decreto. Me extiendo en medio de los jugos espesos y gelatinosos. Me crezco libando la vida de mi portadora. Sufro por ella y porque el eco de una voz se ha perdido.

Ella duda si lo que vibra en su eje vale la pena, no sopesa, existe nada más. La ampolla ha crecido desmesuradamente, mi forma ya no cabe en la burbuja y quiero salir. Me impulso hacia el exterior y el organismo que me da vida no responde, vive y no vive, vegeta, languidece, cede. El cuerpo de la madre se encuentra en un estado comatoso, escucho voces, para mí ahora el tiempo terráqueo es vital, ¡quiero salir, necesito salir! Grito desde el interior, pero los líquidos que me rodean disipan mi voz, entonces hago uso de mi poder: la tenacidad.

Algo pasa allá fuera, aunque es poco el espacio en mi cápsula siento que me muevo sin moverme, escucho metales y hasta me pueden llegar ciertos olores que desconocía desde que soy corpórea, me manipulan desde afuera (dudo que aún viva, dicen los incautos), me tocan a través de la piel de la ampolla. Y de pronto, la oscuridad en la que por nueve meses me mantuve, es iluminada por un punto de luz que se alarga como un ojal que viene del eje de mi madre, que va creciendo en segundos. Una bocanada de aire penetra en mí ser. Una mano desconocida me extrae violentamente de la burbuja y después de la cápsula perforada. El aire me ahoga. Duele la vida terrenal. Lloro.

Edukt, Educación, ciencia, arte y tecnología.