Ed117 P20 Memoria

Memoria póstuma de un asesino

En el café se hizo el caos con el ruido de las detonaciones y el charco de sangre que se formaba alrededor del cuerpo. Por mi parte, no sabía qué hacer. Corría aceleradamente, pero sin rumbo alguno. No sabía si la organización había enviado a alguien que acompañara a “hielo” o si la habían mandado sola. En cualquiera caso, mi sentencia de muerte estaba firmada.

“Las hienas van matando lo que el espejo les revela como futuro: la vejez”.
Pasé de prisa, ella me observó con el rabillo del ojo. Me siguió. Me introduje al café acordado. Al cabo de unos minutos entró. Y se sentó en mi mesa.
–Te felicita el jefe, hiciste buen trabajo. Aquí te manda tu próximo trabajito.
–De quién se trata, pregunté.
–Es un anciano de nombre José Agustín. Tiene 78 años y vive en…
–¡!No puede ser…!! Exclamé sorprendido. ¡¡Es Don José, el de la cafetería “La cueva”…!!
–¿Lo conoces…?
–Por supuesto. Vive a tres casas de la mía. Es un viejo que estimo demasiado.
–Pues él es tu próximo trabajo.
–No puedo matarlo… Es casi como un padre para mi. Vive solo desde hace 17 años y su vieja cafetería es su única compañía. Convivo con él casi a diario… y cada jueves a las 9 de la noche, jugamos una partida de ajedrez en su changarro toda la camarilla del barrio.
–¿Por qué me cuentas todo eso…?
–Para que te des cuenta chingadamadre, que no puedo matar a ese viejo.
–Pues lo siento… así funciona este negocio. Y órdenes son órdenes. El viejo salió sorteado y tiene que morir. Ya sabes cómo funciona el sistema.
–Mira… Sole…
–No pronuncies mi nombre… ya te lo he dicho en otras ocasiones. Tú y yo no nos conocemos. Coincidimos en este negocio, pero no somos nada. ¿Entendido…? ¡Por ningún motivo me debes de tutear…!
–Discúlpame… pero es la décima vez que nos vemos y sentí cierta familiaridad.
–Pueden ser veinte… pero me envían a darte instrucciones nada más. Si no fuera por ello, tú jamás sabrías nada de mí.
–Entiendo. El punto es que… no puedo hacer el trabajo.
–En ese caso tendré que matarte en este momento. La organización no puede dejar cabos sueltos. Ya sabes eso.
–Lo sé… pero… aghh… de verdad, no puedo hacerlo. Este viejo no le hace daño a nadie. Es un…
No pude continuar mi comentario porque el manotazo abrupto y violento de esta mujer en la mesa, cortó de tajo la conversación.
Me miró fijamente… y me dijo sin titubeos:
–Mira hijo de la chingada, para que te quede claro. Ninguno de los 10 ancianos que mataste le hacían daño a nadie. No tenían delito alguno, ni debían nada. Eran buenas personas y tú las eliminaste. ¿Por qué…? Ya lo sabes, pero te lo voy a repetir. Esos ancianos salieron sorteados. No consumen demasiado, rebasan los 70 años, viven solos y además son pensionados del sistema. Son una carga para la sociedad. Te guste o no… Nosotros somos una agencia que elimina esa escoria. Para eso somos contratados. Eliminamos la basura para mantener el equilibrio. Y si en este momento renuncias a tu trabajo, no me queda más que matarte aquí mismo…
Metió su mano a su bolsa y sacó una magnum con silenciador. En ese momento supe porqué le apodaban “hielo”.
–¡Detente..!, alcance a decirle antes de que jalara el gatillo. ¡Detente…! haré el trabajo.
–Ya no estoy tan segura, me dijo. Dudaste y eso es suficiente para matarte. Pensamos que serías un buen elemento para la organización pero nos equivocamos.
No iba a dar marcha atrás, una vez que sacaba la pistola, la decisión ya estaba tomada.
Levanté la mesa hacia ella para impedir que disparara. Con el movimiento su silla se rompió y cayó al suelo.
Era mi oportunidad para matarla. Le di tres disparos en la cara, que le desfiguraron el rostro. Y salí corriendo. En el café se hizo el caos con el ruido de las detonaciones y el charco de sangre que se formaba alrededor del cuerpo. Por mi parte, no sabía qué hacer. Corría aceleradamente, pero sin rumbo alguno. No sabía si la organización había enviado a alguien que acompañara a “hielo” o si la habían mandado sola. En cualquiera caso, mi sentencia de muerte estaba firmada.
Decidí entonces que si había decidido morir para salvarle la vida a Don José Agustín, tendría que avisarle rápidamente para que saliera de la ciudad. Si me tardaba mucho tiempo, iban a ir ellos mismos a matarlo, y como existía un motivo de venganza de por medio, seguramente lo iban a matar salvajemente. Me enfilé entonces a “La cueva”. Ahí lo encontraría.
El reloj marcaba las 3 pm.
Cuando llegué a la cafetería, encontré a Don José Agustín con la tranquilidad de siempre. Esa tranquilidad que generaba una especie de paz en las personas. Este viejo tenía esa virtud… por eso lo frecuentaba bastante. En
los últimos diez años se convirtió en el padre que nunca tuve. No podía aceptar asesinarlo.
–¡Don José!, le grité en cuanto llegué. Quiero hablar con usted. Deme unos minutos.
–¿Qué pasa muchacho? ¿Qué te ocurre…? Me preguntó en un tono bastante amable.
–Tiene que irse de la ciudad. Su vida corre peligro.
–!Qué tonterías dices muchacho…!! Quién tendría intenciones de hacerle daño a un viejo inofensivo como yo.
–Se equivoca, Don José… las personas como usted son altamente peligrosas para el sistema.
–¿Qué dices…? Me pregunta, al tiempo que me observa con una mirada de curiosidad, ni siquiera de temor. Simple curiosidad. Decidí que tenía que explicarle a fondo para que me creyera y me hiciera caso. El tiempo corría.
–Existe una organización Don José, que se encarga de asesinar a los viejos que tienen ciertas características. Usted encaja perfectamente.
–¿Estás bromeando verdad…?
–No, Don José. Yo soy un asesino contratado por esa organización. Acabo de renunciar por cierto, porque usted salió sorteado y me querían contratar para matarlo. No accedí, y antes de que me mataran, asesiné a la persona que me iba a dar instrucciones para su caso. Eso no hace ni 35 minutos. Así que, se tiene que ir de la ciudad lo más pronto posible. Si no quiere morir asesinado de forma bastante cruel.
Don José Agustín se quedó perplejo. No atinaba a decir palabra alguna. Apretó sus quijadas y posteriormente de sus ojos se derramaron unas lágrimas que me dolieron en el alma. Ambos nos miramos fijamente. El viejo no paraba de llorar. Después de unos minutos que a mi me parecieron una eternidad-, la organización no tardaría en dar con nosotros-, me dijo con un dejo muy amargo de decepción.
–Así que te dedicas a matar ancianos… Y yo que te sentía como mi hijo…
–Don José, per…
–¡Cállate hijo de tu chingada madre! No quiero que me des ninguna explicación. Me voy a ir de la ciudad, pero no por miedo, sino para no verte nunca más. No quiero saber nada de ti. ¿Quién te crees que eres cabrón como para quitarle la vida a las personas? ¿Te crees Dios acaso…? ¡Sólo Dios puede quitarnos la vida hijo de la chingada! ¡Solo Dios! ¿¡Oíste, solo Dios…!?
Se dio la media vuelta y se fue.
Jamás lo volvería a ver. Sentí un hueco en el estómago. Y comencé a llorar desaforadamente. No me pude mantener de pie y seguí llorando de rodillas. Deambulé toda la tarde por las calles del barrio. Sabía que en cuanto llegara a la casa me iban a matar. No iba a huir de la ciudad. No tenía fuerza física ni espiritual para emprender huida alguna. Iba a morir en mi casa. Simplemente retardaba la hora. Caminé por espacio de 6 horas por el barrio. Estaba exhausto. Inconscientemente quería agotar mis fuerzas para no oponer resistencia a mis verdugos. Pretendía hacer de mi muerte, un castigo por todas esas muertes que había cometido.
Llegué a la soledad de mi casa.
Un silencio trémulo me recibió. Para sorpresa mía, mi casa estaba en completo orden. No habían acudido a buscar información.
Fui a la cocina y me preparé un café. Me senté en una silla del comedor y seguí llorando en silencio. Media hora después y nadie llegaba todavía. ¿Qué hacer…? Decidí escribir unas cuantas líneas. No testamentarias, sino testimoniales, respecto al mundo que me tocó vivir. Un mundo donde los viejos estorban y representan un peligro para el sistema. Donde el individuo es una cifra y su existencia es relevante en razón de su propiedad y su consumo.
Nos tienen vigilados. Y saben todo de nosotros. En razón de ello, con un algoritmo se realiza una selección de las personas que tienen que morir para no poner en peligro al sistema económico. En la organización le llaman “sorteo”, pero no puede llamarse “sorteo” a algo que no es determinado por el azar. Todo está calibrado. Nada está dejado al azar. Cuando eres parte de la organización te das cuenta. Como yo, hay cientos de asesinos a sueldo en el mundo. Lo cual lamento profundamente. Es un mundo salvaje… ¡ojalá en el futuro se pueda construir un mundo mejor!
Derramé mi última lágrima, antes de escuchar que derribaban mi puerta.
Ya vienen por mí.
Escondí el escrito en la alacena. Ojalá alguien lo lea en el futuro…

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