Atenco, o en Ayotzinapa o por los tantos y muchos panteones clandestinos regados en toda la república, por los más de cien mil desaparecidos en un país que pomposamente se auto-llama Estado republicano, por los fraudes electorales, por los robos millonarios de cientos de servidores públicos en las que las denuncias no valen ante quién las presenta, la injusticia impartida por la justicia nacional.

–Pégame, mátame si quieres , pero no me dejes. Que la vida como como un perro pasaré– Canciones populares.

Muchos de los habitantes y llamados ciudadanos de este nuestro bendito país parecen estar en el eterno “Síndrome de Estocolmo”, amamos, respetamos y hasta adoramos a quien día y hora con hora nos joden y aunque el país se hunde, somos masoquistas porque la acción mediática nos entretiene a su conveniencia y parece ser que nos fascina ser los primeros de recibir noticias que ya son historia.

–Total si el país se hunde yo sé nadar y de muertito– Dijo un pseudo-político norteño, soltando estrepitosa carcajada. En agosto de 1973 se da el asalto al banco “Kreditbanken” en Estocolmo, Suecia , los bandidos o ladrones que para el caso es lo mismo, se convierten en secuestradores al mantener por varios días a tres mujeres y un hombre dentro del mentado banco, después de algunas negociaciones y cosas policiacas, los hombres son arrestados y los rehenes liberados y aquí llega lo inaudito de los que quedan a merced de estos malandros o pillos, que los secuestrados al declarar en los juicios hasta los defendieron, fueron benevolentes, comprensivos y mostraron empatía con ellos.
Inclusive una de las mujeres secuestradas se comprometió con uno de los asaltantes.

Tal vez la costumbre, el uso y la idiosincrasia que nos cobija sea una parte del Síndrome de Estocolmo y sin saber de este padecimiento psicológico llamado así por los estudiosos, millones de mexicanos estamos inmersos en el, que puede ser por el trato social que nos dan, en los asuntos políticos, hasta nos reímos de los que protestan y en esa burla está que somos benevolentes con el político que roba, que secuestra pueblos o Estados completos, sin asombro alguno vemos las injusticias de la justicia. Cómo se celebra los tantos años del incendio en donde mueren decenas de niños, y a la fecha no hay detenidos, cómo nadie se ocupa de los asesinados del vado Aguas Blancas, en Guerrero, tal vez por ser indios, como tampoco en Acteal, Chiapas (45 muertos) o en Atenco, o en Ayotzinapa o por los tantos y muchos panteones clandestinos regados en toda la república, por los más de cien mil desaparecidos en un país que pomposamente se auto-llama Estado republicano, por los fraudes electorales, por los robos millonarios de cientos de servidores públicos en las que las denuncias no valen ante quién las presenta, la injusticia impartida por la justicia nacional.

Somos el país del nunca jamás en donde se alaba a quien nos tiene la bota apretando el cuello en donde el presente ya es futuro y el futuro ya fue pasado, es decir la ortodoxia nacional representada por un “Síndrome de Estocolmo”, como parte del axioma nacional, una paradoja nacional siempre en eterna y constante confusión de los que hemos nacido en esta patria, cuyo sello parece ser este síndrome presente en los entornos sociales, en la política, en las mafias, lo llevamos en nuestra mente y somos condescendientes hasta con los que día a día nos golpean no en rostro o cuerpo, sino en el alma y en los bolsillos.

Sabemos de mujeres que aún con los dientes flojos de tanto golpe por parte de su hombre, es capaz de defenderlo, quien en accidentes se le perdona al individuo porque fue culpa del alcohol, o de aquella historia en España, en donde una jueza se casa con un delincuente (ella era 14 años mayor que él) al que le tocó juzgar, tres años después se supo que desde las primeras semanas de matrimonio él la apaleaba, cintaba y hasta quemaba con colillas de cigarros constantemente. Y ante esto ¿Pudiese quizá existir para los mexicanos una pizca de este síndrome en cada elección política?