Autor: Miguel Amaranto

Las niñas son para los niños

No habían acabado de conocerse cuando, Silvestre y Amelia, decidieron buscar un departamento para hacer de su romance un asunto de dos. Quizá con esta decisión su entrega se daría con mayor libertad, sin ojos represores acechando los rincones que solían buscar para entregarse. Los padres de Amelia fueron los primeros en oponerse: qué oprobio, qué amor va a ser eso; puro capricho tuyo. Sólo mira qué fachas, ni siquiera es lo que pretende. Pero su mayoría de edad le dio la llave para irse. Silvestre, en cambio, creció con la hermana de su padre y su marido; una...

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El Pacto 2 de 2

A la región llegaba gente de todas partes a trabajar y terminaba siendo maltratada por él, quien nunca dejaba su traje rojo. La fama de su maldad ocupó cada rincón del Perú, igual su desaparición. En un caserío alejado de Oyotún, separado del reservorio por la carretera de tierra, hay una colina que, por su forma, tomó el nombre de Cerro Campana. Ese lugar cobra vida a media noche. Pasar cerca es condenar la vida a una condición de sonámbulo, si bien va; puedes desaparecer, o penar al servicio del mal. Por ello había que ir por ahí temprano...

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MI SILENCIO II

Entonces, una de esas mañanas de clases me acerqué a Álvaro y le pregunte: ¿cómo se llama ella? Y señalé disimuladamente a la niña. ¿Te gusta?, preguntó. No, respondí titubeando porque pensé que me iba a molestar. Ya pe cholo, dime si te gusta, me dijo con una sonrisa de confianza. Sí, contesté seguro porque ya se me había pasado la nostalgia de Vilma, y empecé a sentir el cosquilleo que jamás había sentido antes, porque lo de la chiclayana no fue tan profundo. Luego Álvaro me comentó que era hija del director, que está en la banda de...

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MI SILENCIO I

Ni siquiera tenía un año en esta ciudad lejos del Perú cuando se me ocurrió escribirle algo. Pero hacía más de dos que no la veía. La última vez fue en Chiclayo. Caminábamos por la misma vereda pero en sentido contrario. Yo iba con mi primo Christian y ella con su madre. Al encontrarse nuestras miradas tuvimos una expresión emocionante; me maravillé, tanto que mi primo se habría sorprendido: ¿y esa cara? Me sentí dichoso el poco tiempo que duró nuestra idiotizada forma de mirarnos. Con los ojos nos dijimos mucho y ninguno de los dos se tomó la molestia de saludar, sino, sencillamente una mirada y una sonrisa significaron lo suficiente. Al escribir el primer verso supe que al terminar el poema me quedaría con él, puesto que no hay forma de hacerle llegar, y digo que no hay forma porque hasta hoy guardo esos cuatro versos que logré construir para esa mujer que me hizo sentir por primera vez ese cosquilleo místico en mi estomago. Para mí fue el principio del amor. La conocí cuando entré al cuarto grado de primaria, al regresar de Chiclayo, donde estudié el tercer año. En el Inca Gracilazo, escuela en la que su padre era director. Al escribir el primer verso supe que al terminar el poema me quedaría con él, puesto que no hay forma de hacerle llegar, y digo...

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El reencuentro

Remigio y Josefa eran una pareja que se habían hundido en la rutina. El domingo, el día en que ambos permanecían en la casa, no se interesaban si quiera en hacer algo juntos. Mientras ella adelantaba sus clases para la siguiente semana, él resolvía problemas de contabilidad de su trabajo. El amor que los había unido, enfriaba la cerveza que él tomaba e incentivaba la dedicación que ella ponía en sus alumnos, aunque llegaba, en apariencia, cuando acordaban ir a una fiesta con amigos. [imgsize 5781 300x class=’alignleft’ alt=”] Hoy, mientras todo ocurría con nada nuevo, en la radio...

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